Las dos semanas siguientes han sido muy tranquilas. He observado todos los movimientos de Baltazar. Se pasa casi todos los días en el club y por las noches desaparece, no sé qué hará pero seguramente nada bueno.
No me he encontrado con Julio de nuevo, y menos mal. El chico sospecha algo, comenzó a rondar por el parque siempre anocheciendo y por zonas con luz. Tan poco sería tan malo que supiera lo que soy, pero mejor es dejarlo al margen.
Esta noche voy a ver si consigo averiguar algo más sobre Baltazar, siempre va acompañado así que no puedo matarlo, he de esperar mi oportunidad.
Me dirigo a su casa. Espero a una distancia prudente a que él llegue. Estoy tan absorta en mi vigilancia que no me doy cuenta de que alguien se me acerca hasta que me llama. Me sobresalto. Sé quién es, Ángel.
-Hola. –Me dice.
-Hola, -le miro un segundo y vuelvo a centrar mis sentidos en mi vigilancia.
-¿Qué haces aquí?
-Nada. –Miento.
-Entonces podrás acompañarme.
-En verdad espero a alguien. –Digo para escabullirme.
-¿A quién? ¿A Baltazar? –Le miro sorprendida. –Está ocupado. No va a venir esta noche.
-¿Cómo lo sabes?
-¿Él qué?
-Que le espero a él y que no va a venir. –Mierda, acabo de aceptar que espero a Baltazar.
-Verás. No eres la única que le espía, y mis vigilantes me han informado de que llevas dos semanas rondándole. Y por supuesto sé dónde está ahora mismo. no vendrá a su casa en unos días.
-¿Dónde está?
-De caza. Buscan a unos vampiros que les han traicionado. –Me encojo de hombros y miro pensativa a la casa. -¿Me acompañas entonces o no?
-¿A dónde y a qué?
-Ven y lo sabrás. No puedo decírtelo aún.
-No sé yo...
-Vamos, recuerda que me debes una y necesito pedirte algo, pero no puedo decírtelo aquí, las paredes tienen oídos. –Bueno, así me quito esa deuda de encima, lo acompañaré. Además Baltazar no está y si tiene razón va a estar ausente unos días. Afirmo y le sigo mientras él me habla. Tras unos pasos me invita a subir a un coche que tiene pinta de ser muy caro. Tantos años sobre la faz de la tierra tienen sus recompensas. Nos bajamos delante de una gran casa, a la altura del lujoso coche, entramos y me conduce hasta una gran sala. Me invita a sentarme y se va en busca de alguien. Vuelve con otro vampiro, tanto como Ángel.
-Elisabeth, él es Lerón. –Tiene el aspecto de un hombre de treinta y pico de años y es enfermizamente hermoso. Se acerca, me toma de la mano y me la besa. Que caballero.
-Mucho gusto. –Su voz es aterciopelada.
-También para mí. –Se sientan en el sillón enfrente de mí.
-Verás, -comienza Ángel. –Te he traído aquí porque queríamos hacerte una proposición. Nos gustaría que te unieras a nosotros.
-¿A qué? –Pregunto. Un criado viene con vasos de sangre. Ellos cogen un vaso y a mí me ofrece otro pero lo rechazo.
-Tranquila. –Me dice Lerón. –Es sangre de oso. Muy nutritiva. Sabemos que no bebes sangre humana que no haya sido donada. –Tras la explicación tomo el vaso y lo huelo, sí, es sangre de oso. Bebo un poco y atiendo a Lerón. –Nosotros tampoco lo hacemos, es más, estamos en contra de la matanza de humanos.
-Comprendemos que es nuestro instinto y que a veces no es inevitable hacerlo. Pero ahora los vampiros lo hacen por diversión y no solo por necesidad como ocurría antes. –Continúa Ángel.
-Nosotros hemos formado una asociación, por llamarlo de alguna manera, para contrarrestar esto. Tenemos muchos aliados, pero también muchos contrarios, entre ellos que tú conoces muy bien. –Me quedo pensativa y por mi cara deben averiguar que no caigo en la cuenta.
-Vamos Elisabeth. –Me dice Ángel. Me habla como si me conociera de toda la vida. –Estuviste trabajando para él en tu adolescencia vampírica y cuando te fuiste de su grupo comenzaste a arruinar algunos de sus proyectos.
-¡Roberto!
-Sí, -me confirma Ángel. –Nos has ayudado mucho sin saberlo. Pero últimamente has estado centrada en Baltazar y hemos pensado que quizás tramas algo. Como a nosotros también nos interesa hacer algo con él pensamos que quizás querrías unirte a nosotros.
-Espera. ¿Por qué queréis hacer algo con Baltazar y el qué?
-Interrogarlo y eliminarlo.
-¿Por qué?
-Es la mano derecha de Roberto.
-¿Qué? ¿Desde cuando? –Pregunto atónita.
-Creemos que alrededor de un siglo. ¿No lo sabías?
-No.
-Pensábamos que ibas detrás de él porque trabaja para Roberto.
-No, no es por eso, ni mucho menos.
-¿Entonces? –me lo pienso un momento.
-Venganza. –Tan solo digo eso sus ojos se abren de asombro.
-Oh... la dulce venganza. –Dice Lerón.
-No, la venganza no es dulce, es amarga. –Le contradigo. Asiente y pregunta curioso.
-¿Podemos saber la razón de tus ansias de evnganza? –No veo ninguna razón para no contárselo.
-Él me convirtió, me arrebató mi vida. –Se quedan en silencio.
-Entendemos. –Dice Ángel tras un momento. -¿Por qué tienes ese pique con Roberto entonces?
-Asuntos personales. –Recordarlo es demasiado doloroso.
-Como quieras. –Han comprendido que no quiero hablar de ello. Ahora que recuerdo... ¿qué pasaría con Arturo?
-¿Qué pasó al final con Arturo?
-Escapó. –Me aclara él. –Cuando te fuiste me descentré y él huyó, tampoco me interesé en seguirle. –Asiento pensativa.
-Bueno. Entonces qué dices. ¿Te unes a nosotros? –Interrumpe Lerón.
-No. Digo cortantemente. Yo tengo mi propia guerra como para unirme a otra aún mayor.
-Elisabteh, estás en deuda conmigo. –Me recuerda Ángel. ¿Me salvó para poder chantajearme? Pues no le va a salir bien, está muy equivocado.
-Tú mismo lo has dicho, estoy en deuda contigo no con tu asociación o como vosotros la llaméis. –Me pongo en pie dispuesta a irme. –Si no queréis nada más me gustaría irme.
-Espera un momento. –Me pide Ángel. Yo no me siento, él piensa un poco y ya me habla. –Podemos hacer un trato. Nosotros vamos tras Baltazar igual que tú. Podemos ayudarte a cumplir tu venganza, y después te unes a nosotros. ¿Te parece bien?
-¿El qué? ¿Estar toda mi vida atada a vosotros por un poco de ayuda para algo que, sé, puedo hacer sola? No gracias.
-De acuerdo. Lo plantearemos desde otro punto de vista. Te unes a nosotros hasta que cumplas tu venganza, y después cada uno por su lado. No importa cuando lo hagas, ya sea una semana, un año o un siglo. No te pediremos que te quedes y además te aportaremos toda la ayuda que necesites. –Ambos me miran esperanzados.
-¿Por qué tenéis tanto interés en que me una a vosotros?
-Eres una gran vampiresa, tremendamente experta para tu edad.
-Tengo ciento cincuenta y siete años, no soy tan joven. Y si le sumas mis años humanos son ciento setenta y cuatro años.
-Sí, pero tienes una gran habilidad. Has vencido a vampiros más antiguos que tú. Y sin duda Arturo te habría matado en pocos segundos si no fuera así. –Quizás tenga razón, he sobrevivido a mucho, y dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. –Además tú sola has causado más problemas a Roberto que nosotros.
-No puedo daros una respuesta tan pronto. He de pensarlo.
-Al menos eso ya es algo. Vamos, te llevaré a tu casa.
Nos montamos en el coche y de camino a mi casa no hablamos nada. Me deja en el portal de mi bloque de pisos y antes de que salga me dice.
-¿Cómo contactarás con nosotros para comunicarnos tu decisión?
-Bueno, puedo ir a tu casa.
-No es mi casa, es la sede de la asociación.
-Pues allí iré.