miércoles, 7 de abril de 2010

Capítulo 10. "Arturo"

Esa voz… es inconfundible. Es la única voz que me hace temblar en este mundo, nadie más podría causar en mí ese efecto. Pero… ¿Por qué me ha llamado Elisabeth? Él nunca lo hace. Inhalo, pero no percibo su esencia, el viento no me lo permite, ¿y si solo ha sido un engaño de mi mente? No, no puede ser.
La única forma de cerciorarme es darme la vuelta y comprobarlo pero estoy paralizada; por mucho que mi mente lo desea, mi cuerpo no mueve un músculo para permitirme ver al ser que más ansío tener cerca de mí.
Fuerzo mi cuerpo y giro lentamente. Y justo cuando quedo mirándolo frente a frente, él avanza hacia mí y en un solo segundo su cuerpo está muy cercano al mío.
-Beth…
-Arturo… ¿Dó… dónde estabas? ¿Estás bien? –Me guiña un ojo, me aparta de mi coche, cierra la puerta y me conduce hasta el portal de mi casa. Siempre tan precavido.
-Perfectamente ahora que te tengo enfrente.
-Pero… ¿Y Roberto? ¿Qué te ha hecho?
-Tranquila. Beth, ya estoy aquí, y me ves entero ¿no? –Intenta tranquilizarme. He pasado de la parálisis total a moverme casi sin control. Arturo me sujeta por los brazos y me mira con sus hermosos ojos. –Estoy bien. Y veo que tú estás mejor que nunca.
-¿Por qué lo dices? –Pregunto ya más calmada.
-Te sienta muy bien el coche.
-Ah, el coche. –Digo mirando hacia abajo. Él coloca su mano en mi mentón y me alza la cara. –Y siempre te ha sentado muy bien que despejases tu cara. –Llevo el pelo peinado en una cola de caballo.
-Gracias. –Digo sonriente. Recordando lo preocupada por él que estaba hasta hace un momento me vuelvo a poner seria. –Tienes que contarme qué te ha pasado. Todo. –enfatizo la última palabra.
-Solo me ha dado unos pequeños azotes, nada de lo que preocuparse.
-Arturo. –Digo muy seria. Le cuesta mucho admitir que alguien le ha dado una buena paliza, le daña su tremendo orgullo. Y ese comentario suena a falso.
-¿Qué más dará eso Beth? Estoy aquí ¿no?
-Perdone señor, no volveré a preocuparme por usted. –Comienzo a andar hacia la salida pero el me sujeta de un brazo y me impide salir.
-Espera. Yo no quería que te ofendieras, es solo que no entiendo que importa lo que me haya hecho Roberto. Te ayudé a escapar e hicimos la mejor actuación de nuestra vida, así que todos contentos. –Entrecierro los ojos al mirarlo, me esconde algo… sin pensarlo dos veces alzo las manos y le abro la camisa que lleva. Cuando descubro su pecho el se da la vuelta rápidamente y no me deja observarlo bien pero ya he visto suficiente. Tiene miles de cicatrices en el pecho, causadas sin duda por una prolongada tortura que ha durado hasta hace bien poco.
-No ganas nada ocultándolas, ya las he visto.
-Son leves, en unos días habrán desaparecido.
-¿Leves? Si fueran leves desaparecerían en unos minutos, no en unos días. ¿Te ha estado torturando desde aquel día verdad?
-¿Y qué importa? No podemos hacer nada. –Sigue sin mirarme.
-¿Nada? Claro que puedes. ¡Deja de chuparle el culo a este idiota y vente conmigo!
-No puedo Beth. –Vuelve a mirarme, por un momento me pierdo en los surcos que el mercurio ha causado en su cuerpo.
-¿No puedes? –Digo volviendo al ataque. -¡No quieres! Que es muy diferente.
-Tú no lo entiendes…
-Claro que lo entiendo. Te encanta la comodidad.
-¡No es eso! –Me grita completamente alterado. Nunca me había gritado, no de esta forma, sin estar obligado a fingir. Me quedo en blanco. –Beth, llevo toda mi vida junto a él. Casi cuatrocientos años marcan a uno ¿sabes?
-Siempre se puede cambiar Arturo.
-Supongo que yo no.
-Entonces, ¿no lo vas a dejar?
-No puedo… -Soy increíblemente estúpida por creer que Arturo podría dejar a Roberto y venirse conmigo.
-¿No quieres estar conmigo? –Las palabras salen a tropel de mi boca sin poder contenerlas. Es lo que siento.
-Claro que quiero. –Se acerca de nuevo a mí. -¿Cómo puedes pensar lo contrario? Sabes que te amo.
-No, no lo sé. –Arturo se acerca aún más e intenta besarme, pero yo aparto mi cara. Él suelta un suspiro y se aparta.
-Me hice ilusiones… pensé que tú me amabas lo suficiente como para cambiar de vida. Pero ya veo que no. Te gusta mucho estar junto a él. –Digo cerrando los ojos con fuerza.
-Beth por favor, yo…
-No me llames Beth. Nunca más. No si no piensas venirte conmigo. –Digo mirándolo con furia. El está asombrado.
-No es tan fácil como piensas Beth.
-¡Que no me llames Beth! Y claro que es fácil, ¡lo que pasa es que tú no quieres! Te encanta el lujo que Roberto te da. Y lo prefieres antes que estar conmigo. Pues bien. Vete con él. Pero no vuelvas a buscarme, jamás. –Recuerdo la última vez que le dije estas palabras en mi azotea. Pero esta vez es distinto, me ha herido de verdad, quizás porque sabe que le puedo ofrecer una vida de lujo junto a mí pero sigue prefiriendo a Roberto, o quizás porque una acaba cansándose de estos jueguecitos. Sea por lo que sea, no quiero verlo de nuevo.
-¡Basta! Te amo ¿vale? No hay noche que no mire a las estrellas pensando en ti., ni día que no sueñe en huir lejos contigo. Pero no puedo.
-¿Por qué? –Digo en un hilo de voz.
-Ya te lo he dicho.
-Sé que eso no es verdad igual que sabía que sí que te había hecho algo. –Digo tocando sus cicatrices.
-¿Quieres saberlo?
-¡Sí!
-¡Está bien! Porque tú no te alimentas de humanos, y yo sí. –Se hace el silencio entre nosotros. Un silencio en el que yo me quedo helada y él comienza a andar por el pasillo hasta que al final se sienta en el primer escalón de las escaleras.
-¿Eso es lo que te preocupa? –No responde. –Arturo, eso no tiene importancia.
-Sí que la tiene. Siempre que estoy contigo y me entra sed me da miedo.
-¿Miedo?
-Sí. –Vuelve a mirarme. –El tener sed me recuerda lo repugnante que te parece que un vampiro tome la sangre de un humano sin su permiso.
-¿Y por qué te da miedo?
-Porque algún día estemos juntos y necesite beber. ¿Qué pensarás de mí? Temo que te diera tanto asco que simplemente me dejases. –Un nuevo silencio vuelve a instalarse entre nosotros. ¿EL teme que yo le deje porque bebe sangre humana?
-Arturo. –Digo poniéndome de rodillas delante de él. –Jamás te dejaría. Mi amor por ti es mayor que eso. Encontraríamos un modo. Y siempre podrías sustituir tu forma de alimentarte. Yo bebo sangre humana donada, eso no es ningún robo.
-Beth… -Alza la cabeza y me mira. Entonces se pone de rodillas y sujeta mi cara con sus manos.
-Prométeme que lo intentarás. –Tras un breve momento de reflexión me dice:
-Te lo prometo.
Le sonrío, parece que esta vez será diferente. Y me alegro de ello.
No tengo mucho tiempo para pensar porque Arturo comienza a besarme dulcemente y esta vez yo también quiero que me bese.
-Te amo.