lunes, 30 de enero de 2012

CAPÍTULO 16. TORTURA

-Espérame aquí. –Arturo se sienta en una silla del comedor y yo bajo al sótano. Allí han acondicionado varias celdas, entre ellas la de Baltazar.
Pongo mi mano sobre el teclado numérico y me detengo. Incluso con una pared de metal en medio puedo sentirlo. Cierro los ojos con fuerza. ¡Por fin!
 Introduzco la clave y una lucecita verde se enciende. Coloco la mano sobre el manillar. Allá vamos.
Al abrir la puerta, lo primero que veo es la malvada belleza de Baltazar: sus ojos completamente rojos, su torso y su cara marcados por cicatrices que aún no se han sanado, esa perfecta postura a pesar de haber sido torturado durante semanas…
Nuestros ojos se cruzan. Los suyos reflejan sorpresa, una sorpresa fingida. Igual que yo lo siento, él también puede sentirme a mí. Baltazar sonríe. Yo comienzo a sentirme pesada, cansada. Me da pena verle así, no quiero verle así. Si tan solo pudiera soltarlo, sí. No hay pecado en el mundo que merezca tal tortura.
Camino lentamente hacia él, atraída por esa necesidad. El resto del mundo no existe, tan solo está él. Baltazar. Mi creador…
Me despierto desconcertada. Sin darme cuenta ya estoy a mitad de camino hasta él. Miro mis manos… he estado a punto de sucumbir ante él. Cierro los puños con fuerza y muerdo mi labio. Haga lo que haga, el lazo es muy fuerte, si tan solo… si tan solo pudiera encontrar la forma de resistirme. Me concentro, claro que hay una forma, tan solo debo recordar por qué deseo acabar con él. Me arrebató mi vida y me convirtió en un monstruo. Y por culpa de eso perdí a mi familia y amigos. He estado condenada a años de soledad, vagando por el mundo en busca de aquellos que me destrozaron la vida y alimentada tan solo por uno de los sentimientos más fríos y peligrosos: la venganza. He vivido sin amor, ni alegría, ni paz; durante más de un siglo por su culpa. Pero no volverá a ocurrir, ahora que he encontrado un lugar al que pertenecer nadie me lo arrebatará, nadie me quitará a Arturo ni a la organización. No consentiré que Baltazar vuelva a arrebatarme a mi familia. Eso es. Vuelvo a mirarlo a los ojos. Esta vez no.
Y por un segundo, todo parece más nítido. Como si alguien me hubiera dado un empujón desde detrás para vencerlo a él y al lazo.
-Tomé una buena elección. –Baltazar interrumpe mis pensamientos. Cuando lo observo lo noto diferente, como si fuese más débil que hace unos segundos, pero es el mismo. No hay duda. –Oh… él tenía razón.
-¿Quién? ¿Y en qué? –Agrego tras una pausa. Él se ríe.
-Eres tan poderosa. Desde tus primeros días de vida eterna has sido maravillosa, pero ahora, eres única.
Entrecierro los ojos. ¿Siempre ha sido así? No, antes me imponía más. Esto es algo confuso… ¿Será un nuevo truco suyo? Sea lo que sea da igual, debo ignorarlo y hacer algo, mi confusión aumenta su confianza segundo a segundo.
Camino a su alrededor y me detengo delante de él, ahora con seguridad.
-Dime, ¿vas a colaborar conmigo o voy a tener que recurrir a los métodos de Roberto? –Es decir, tortura. Aunque al parecer también Lerón utiliza ese método, nunca me lo habría imaginado.
Baltazar se mantiene en silencio con media sonrisa en la cara.
-¿Por qué razón te pagó Roberto para qué me convirtieras?
-Así que ya lo sabes, me preguntaba cuánto tardarías en descubrirlo.
-Contesta a mi pregunta. ¿Por qué?
-¿Por qué?
-Sí. Me has escuchado bien. –Me mira a los ojos.
-Tus ojos… Siempre han sido azules pero no tanto. Roberto tenía razón, ya ha empezado.
-¿Qué ha empezado? –Digo agarrándole del cuello y elevándolo.
-Todo comenzó cuando escapaste. –Parece estar reflexionando.
-¡Contesta! ¿Por qué quería Roberto que me convirtieras?
-No puedo responderte a eso. –Lo lanzo contra la pared de mi derecha. Le dejó ahí, retorciéndose por el dolor que le causa el mercurio que se derrama de algunas cadenetas rotas y cojo los alicates de la estantería. Vuelvo hacia él caminando despacio, mientras observo su cara de dolor. Vuelvo a colocarlo bien.
-Si tú no puedes responder buscaré a quien pueda, pero me gustaría no perder más tiempo.
-Tienes toda la eternidad, no te preocupes por perder el tiempo. Yo no te contaré nada.
-Puedo ser muy persuasiva. –Rodeo una de las cadenas con los alicates.
-Puedes hacerme cuanto quieras. No diré nada. –Corto la cadena. Una punzada de dolor atraviesa su rostro, pero tan solo dura un instante fugaz porque una sonrisa burlona vuelve a aparecer en su rostro enseguida.
-¿Sabes? Ya no sirves a nadie, estás a mi merced. Puedo hacerte lo que quiera, -digo mientras voy acercando mi cara a la suya, -podría tenerte aquí hasta que murieras por el hambre, sería realmente… doloroso ¿no crees? –Baltazar se ríe.
-Jamás harías eso. Deseas tanto verme muerto que no serías capaz de controlarte.
-Quizás. –Admito a la vez que me enderezo y arrojo los alicates a su pecho. –Pero creo que sí podría esperar lo suficiente para verte rogar.
-Nunca rogaré. Acepto mi final Elisabeth. Supe que este sería mi destino desde el día en que te convertí.
-¿Y no te arrepientes?
-No.
-Si no lo hubieras hecho, nos habrías ahorrado sufrimiento a ambos.
-Créeme, me has causado muchas cosas Elisabeth, pero jamás me has hecho sufrir.
-Muy bien.
Salgo de la celda y me acerco a la mesa del vigilante que me mira extrañado.
-Fuera, yo me encargo.
-Pero…
-He dicho fuera. –Sin necesidad de enfadarme se va, sabe muy bien el puesto que tengo en la organización y las consecuencias que acarrearían no escucharme. Abro los cajones de su mesa hasta que encuentro una nevera, la abro y saco dos bolsas de sangre. Al entrar, Baltazar me mira extrañado. Dejo las bolsas en la estantería y me acerco a él de nuevo, recojo los alicates de sus piernas y rompo las cadenas por donde no dañarán su piel y me alejo. Cojo de nuevo las bolsas de sangre y se las tiro delante. Aún no sabe qué estoy haciendo y las mira dudoso, temeroso de lo que pueda tener planeado, pero también deseoso de la sangre que contienen.
-¿A qué esperas? –Compruebo que la puerta está bien cerrada. -¿No tienes hambre?
-¿Qué intentas hacer Elisabeth? –Me río nerviosa. Apoyo mi mano en la pared con un fuerte golpe y suelto una carcajada, en parte también para ocultar mi miedo.
-Tómate la sangre, quiero que estés en buenas condiciones para luchar. Tú lo has dicho, no puedo contenerme, pero tampoco quiero que sea tan fácil. Quiero disfrutar de verdad cuando vea tu cuerpo desintegrarse.
-No quiero luchar contigo.
Me acerco a la puerta, introduzco la contraseña y la abro.
-Si me matas, eres libre. La casa está casi vacía, apenas encontrarías resistencia a la hora de escapar.
-¿En mis condiciones? –Se pone en pie con un ligero temblor y con la frente fruncida. –Esas dos bolsas no son suficientes.
-En el escritorio de fuera hay más. Podrías tomarlas y luego escapar, tan solo tendrás que pasar por encima de mí.
-No te niego que me gustaría escapar, -dice mientras se agacha y recoge las bolsas. –Pero no a costa de tu muerte. –Mira una bolsa, clava sus colmillos en ella y se la bebe. Hace lo mismo con la segunda y luego las tira a un lado.
-No te estoy pidiendo que me mates, es más, estoy segura de que nunca saldrás de aquí porque yo venceré. Es, tan solo, un incentivo.
-Aún así, no lo haré. –Comienza a andar despacio hacia mí. Sus ojos miran fijamente los míos, y de nuevo me sumerjo en ese mundo irreal que crea con su mente, esta vez soy consciente de que lo está haciendo pero, aún así, no soy capaz de liberarme. Todo se torna del mismo rojo carmesí que sus ojos y los sentidos se me embotan. Antes de que pueda darme cuenta ya esta junto a mí, sonriendo. Me agarra por el cuello y me golpea contra la pared. Y me inmoviliza aquí, con su cuerpo aplastando el mío.
-Insensata, el lazo es poderoso pequeña, y siempre jugará a mi favor. –Acerca su cara a la mía. Bajo de las nubes al ver sus intenciones, sin embargo, no hay nada que pueda hacer y me besa.
Aprieto mis labios como defensa pero aún estoy demasiado aturdida por el lazo y él se abre paso hacia el interior de mi boca con su lengua. Cambia de posición su mano y la coloca en mi nuca evitando que me aparte. Después me obliga a abrir las piernas para colocar la suya entre las mías y con su mano libre me toma por la espalda para acercarme a él.
¿Por qué no logro ni mover los brazos?
Baja su mano, me acaricia el trasero, el muslo, el interior del mismo y pasa por encima de mi ingle hasta mi estómago y por último mi pecho. Lo masajea con fuerza a la vez que me besa con furia.
No… Para. ¡Ya!
Detiene el beso. Por un momento pienso que lo he dicho en voz alta, pero no, no lo he conseguido. Es él quien ha querido parar. Acerca sus labios a mi oreja y susurra.
-Supongo que habrás probado el éxtasis de placer ¿no? ¿Alguna vez –baja por mi cuello besándolo cada vez que se detiene –te han mordido, mientras hacías el amor?
Abro los ojos de golpe en el momento que sus colmillos desgarran mi piel. Me congelo por el dolor. Pero el dolor no es nada comparado con la situación…
¡No! ¡No! ¡NO!
Con un tremendo esfuerzo logro colocar mis manos en sus hombros y presiono. Intento alejarlo, pero me es imposible.  Vuelvo a intentarlo. Él agarra mis manos y las sujeta sobre mi cabeza con tan solo una mano.
Ladeo mi cabeza intentando privarle del acceso a mi cuello pero con la otra mano me agarra del pelo y tira hacia detrás. Al dolor del desgarre de mi carne y del tirón del cuello se une la flaqueza que me produce perder sangre con tanta rapidez. Baltazar bebe de mí como la primera vez que un vampiro prueba la sangre y yo no puedo hacer nada. Ni un solo gemido sale por mi boca, no podría gritar para pedir ayuda. Mis fuerzas son inexistentes ya, y aunque tuviera algunas me servirían tan solo para soltar mis manos. Mi cuerpo comienza a relajarse, pronto estaré completamente a su merced. No… ¡maldita sea! Este maldito lazo… Lo subestimé. La tortura que planeé contra él se ha vuelto en mi contra.
Cierro los ojos con fuerza. No me puedo creer que este sea el final. Que todo vaya a acabar aquí. “Insensata” Eso es lo que he sido, una insensata.

No hay comentarios:

Publicar un comentario