>Perpectiva de Elisabeth<
-Esto ha sido un error. –Digo acariciando el brazo que tiene posado sobre mi estómago.
-¿Por qué? –Dice incorporándose un poco y quedando por encima de mí. La sábana se le baja un poco más y me deja ver su hermoso torso desnudo casi al completo. Me mira inquieto. -¿Te arrepientes?
-No. No me arrepiento de nada. –Digo acariciando su rostro. –Pero nos hemos descuidado y podrían estar vigilándonos.
-No lo creo. No serían tan cabrones de no dejar a una pareja disfrutar de un momento de intimidad. –Dice con una sonrisa picarona. Se acerca más y me besa, después comienza a bajar por mi mandíbula hasta mi cuello alternando besos con pequeños mordiscos. Me vuelve loca, pero deberíamos irnos, mejor en otro lugar y en otro momento. Uff… sigue bajando por mi pecho… ¡No! Tenemos que ir a un lugar seguro, ahora que vamos a estar juntos tendremos muchas oportunidades más.
-Arturo, deberíamos irnos. Este piso ya no es seguro.
-¿Por qué? Fui yo quien lo encontró y no he dado parte de ello, nadie sabe que vives aquí. –Cierto, podría volver a vivir aquí, no tengo que encontrar otro piso, puedo volver. Pero, ¿y si le han seguido? Sería arriesgarse mucho. Además, me vendría bien vivir cerca de la sede.
-Te podrían haber seguido ahora, o puede que lo encuentren igual que tú me encontraste.
-Siempre piensas en lo mismo. –Dice rindiéndose por fin. Se tumba boca arriba y mira el techo.
-Si no lo hiciera estaría muerta.
-No, Roberto quería capturarte pero no matarte. –Le miro inquisitiva.
-¿Sabes algo al respecto? –Hace una mueca.
-Sí. –Duda. –No quiere hacerte pagar que le abandonaras y matases a unos cuantos de sus discípulos, le interesas por otra razón.
-¿No me lo has podido contar antes? –Me levanto y comienzo a vestirme, él se sienta con las piernas cruzadas.
-¿Qué más daría? Tampoco querrías que te capturase así que con eso no iba a conseguir que te quedaras conmigo.
-Pero podría haberlo utilizado. ¿Sabes algo más?
-No mucho, sé que intenta demostrar algo…
-¿Y…?
-No me mates por esto ¿vale? –Lo miro expectante y como no habla lo insto a comenzar con un movimiento ansioso de la mano. –Él pagó a Baltazar para que te convirtiera.
-¿Él? –Se me caen los pantalones que sostenía en las manos. Si fue él quién pagó, también fue aquel que esperaba en la plaza asegurándose de que Baltazar cumpliera su parte del trato. Pero… -¿por qué no lo hizo él mismo?
-No lo sé.
-Así que, -digo mientras me siento a los pies de la cama. –Le pagó, y ahora lo ha convertido en su mano derecha. –Digo recordando aquella conversación con Ángel y Lerón.
-Sí, pero porque quiere mantenerlo cerca. Le interesa casi tanto como tú.
-Pues ha fracasado. Lo tenemos preso nosotros. –Se produce un largo silencio. –Tenemos que hacer algo.
-¿A qué te refieres?
-No quiero pasar el resto de la eternidad vigilando mis espaldas. Cien años ya han sido suficientes.
-¿Qué propones?
-Primero tenemos que interrogar a Baltazar, tengo que sacarle información.
-¿Aún no lo has hecho?
-No me dejan. Creen que lo voy a matar.
-No me extraña. –Lo miro enfadada. -¡Tienes una gran fijación con matar a ese hombre!
-Vampiro.
-Como quieras.
-¿Tú no matarías a Roberto?
-¿Por qué iba a hacerlo? –Lo miro asombrada. Roberto lo convirtió y le arrebató su vida sin pedirle permiso. ¿No le interesa la venganza?
-¿Y tu familia? ¿Y tus amigos? ¿No te da pena no poder haber estado con ellos?
-Estuve, hasta que fue evidente que no envejecía. Y después me mantuvo cerca de ellos, protegiéndolos y cuidándolos.
-Pero murieron. –Asiente. –Y tú sigues vivo.
-Sí. Roberto me dio la oportunidad de vivir eternamente, conocer nuevas personas, nuevas épocas. Me dio la oportunidad de conocerte a ti. –Lo miro en silencio. –Él me ha regalado mucho.
-También te ha quitado mucho.
-Tarde o temprano mi familia habría muerto, antes o después que yo. Y no podría haber hecho nada para evitarlo.
-Sí, los podrías haber convertido. Pero no deseaste esto para ellos. ¿Por qué lo deseas para ti? –Se levanta y se sienta a mi lado, por un momento mi vista se desvía observando su cuerpo, aún no está vestido. Se sienta a mi lado.
-No, no quise esto para ellos, pero eso no significa que me arrepienta de lo que soy. Aunque mi familia directa ya no exista, tengo más familia. La descendencia de mi hermano sigue viva, y estoy muy feliz de poder verlos y cuidarlos. Hago todo lo que puedo por ellos.
-Pero tampoco puedes acercarte a ellos.
-Es un precio pequeño que estoy dispuesto a sufrir. Beth, no te quedes atrapada en la mentalidad de la sociedad en la que naciste, entonces la venganza era lo más importante incluso por encima de la familia, pero ahora no. ¿Acaso todos tus amigos no se han aclimatado a esta sociedad? ¿Acaso alguno desea solo la venganza? No Beth. ¿Alguna vez has pensado en otra cosa?
-Sí. En ti.
-Pues ahora estoy contigo. Tienes tiempo de preocuparte por otras cosas que no sea la venganza. Eso te ha deteriorado mucho. –Me sujeta las manos entre las suyas, yo me quedo mirándolas. -Antes eras una chica alegre, inquieta y curiosa. Todo era nuevo para ti. ¿Por qué ahora no?
-Eso no es importante. –Me suelto y me pongo en pie.
-Esta no eres tú. La venganza te ha consumido. –Miro por la ventana de la habitación con los brazos cruzados. Sí, he cambiado. Pero solo soy lo que el mundo ha hecho de mí, si yo no fuera así no habría sobrevivido. No he tenido más remedio que adaptarme y olvidar las nimiedades. –Beth. –Me llama Arturo con un tono bajo de voz. -¿Has pensado qué harás cuando cumplas tu venganza? –Silencio. No me lo había planteado. Pero, ¿qué más dará eso? Cuando llegue el momento entonces pensaré qué hacer. Ahora lo único que me interesa es… -¿Y si te ocuparas de tu familia? –Me giro rápidamente.
-¿Qué?
-Tu familia. Tienes que tener descendientes por ahí. Solo es cuestión de que los encuentres.
-Pero… -Corto al oír el timbre. Arturo y yo miramos a la vez hacia la puerta en un acto instintivo. Él hace ademán de levantarse pero yo lo detengo poniendo una mano sobre su hombro. –Antes vístete. –Sonríe y se levanta para coger su ropa y empezar a vestirse. Yo camino por el pasillo comprobando que la camisa sea lo bastante larga como para ocultar mi ropa interior. Me paro tras la puerta y miro por la mirilla. Es mi casera, menos mal. Abro más tranquila.
-¡Elisabeth querida! Hacía mucho que no aparecías por aquí, pensé en entrar a ver si te había pasado algo pero entonces Martina me dijo que te vio venir y salir después con una maleta. ¿Acaso vas a irte del piso? Has encontrado otro más barato ¿verdad?
-No señora Álvarez, es solo que…
-¿Quién era Beth? –Dice Arturo mientras aparece por el pasillo terminando de ponerse la camiseta. Observo a mi casera que lo mira con recelo y después se fija en mis piernas desnudas.
-Es mi casera.
-¡Oh! Creo que estoy molestando. –Dice nerviosa. –La semana que viene pasaré a por el alquiler, espero que estés Elisabeth. Buenas tardes. –Se da media vuelta para echar a andar por el pasillo.
-¡Espere señora Álvarez! Le pagaré ahora. –Voy corriendo a la habitación y cojo las llaves de mi coche. Cuando llego veo a mi casera mirando al suelo y a Arturo apoyado en la pared con los ojos clavados en su cuello. Seguramente tenga hambre. Le golpeo en el pecho con las llaves. –Ve a mi coche y coge un sobre que hay en la parte de atrás. –Asiente y sale evitando cualquier roce con la señora Álvarez, con todo el tiempo que llevo aquí y aún no sé ni su nombre. –Pase por favor.
-No querida, prefiero esperar aquí.
-Como quiera. –Nos mantenemos en silencio unos segundos que deben de estar haciéndoseles tan eternos como a mí. –Le ofrecería algo pero tengo la nevera vacía. –Digo intentando romper un poco el hielo.
-No importa querida. ¿Te molestaría si te dijera algo?
-Eh… no, adelante.
-¿No es demasiado mayor para ti?
-¿Mayor? –Sí, unos doscientos años.
-Sí, tendrá diez años más que tú.
-En realidad solo nueve. –Dice Arturo apareciendo detrás de ella con un sobre amarillo en la mano. Saco mil quinientos euros y se los entrego.
-¡Esto da para dos meses y aún sobra! –Observa mi casera.
-Sí. Voy a buscar un piso cerca de mi nuevo trabajo. Te pago este mes y el siguiente, y lo que sobra es por las molestias de no haberla avisado antes. Si es necesario puedo pagarle más. Mañana vendré a por el resto de mis cosas. ¿Le parece bien?
-Eh… Sí claro. No hace falta que me pagues más querida, con esto sobra.
-Me ha encantado vivir aquí señora Álvarez, me ha tratado usted muy bien.
-Ha sido un honor. –Me mira con dudas y finalmente se decide a abrazarme. –Ten cuidado con este chico, no me parece adecuado para ti. –Me susurra al oído, aunque sin mucho éxito, solo los vampiros somos capaces de adoptar un tono de voz tan bajo como para que otros vampiros no nos oigan. Lo que ella considera un susurro es una voz alta y clara para Arturo.
-Tranquila, siempre tengo cuidado. –Se despide con dos besos. Cierro la puerta y respiro hondo.
-Lo he recordado bien, ¿no? Siempre decías que tenías diecinueve años.
-En verdad, ahora mismo ella cree que tengo veintiuno, llevo viviendo aquí cinco años. Cuando llegué le dije que estaba estudiando y se suponía que mis padres me pagaban el piso.
-Mmm…
-De todas formas ahora mismo mi D.N.I. dice que tengo diecinueve años. –Lo actualicé el año pasado y pagué para que indicara que tenía dieciocho años.
-Al fin y al cabo no me he alejado tanto. –Dice mientras se acerca a mí y me rodea con sus brazos. –Te sienta genial enseñar las piernas.
-¿Aunque ya no tenga pelos?
-Ajá. –Más que una palabra ha sido un leve sonido.
-Con lo que te gustaban…
-Eran otros tiempos. ¿Cómo te los quitaste? No debe ser muy fácil para una vampira.
-Cera depilatoria. –Frunce el ceño. –Con un poco de mercurio. Dolió, -me miro la pierna izquierda, -pero al menos no tengo que repetirlo.
-¿Cuándo?
-Hace unos años. Pensé que sería extraño ver una joven de diecinueve años con pelos en las piernas y axilas. –Me acaricia la pierna.
-Muy suave. –Sonrío. Me mira a los ojos mientras sube la mano por debajo de la camisa, acaricia mi trasero y finalmente la posa en mi cintura para atraerme hacia él. Ya empieza de nuevo. Me besa y yo lo abrazo.
Esto me recuerda a los viejos tiempos. Cuando ambos estábamos bajo el mando de Roberto y nos escabullíamos en cuanto podíamos.
Esto es adictivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario